El otro ladrón, en las mismas condiciones
que el primero, pero sabiendo que ya no había nada que hacer, que no
tenía vuelta atrás y que posiblemente estaba en sus últimos instantes de vida,
reprende a quien había hablado: “¿Ni siquiera temes a Dios ahora que estás
condenado a muerte? Nosotros merecemos morir por nuestros crímenes, pero
este hombre no ha hecho nada malo. Luego dijo: Jesús, acuérdate de mí
cuando vengas en tu reino”.
No sabemos la historia de estos criminales, los conocemos sólo en ese momento, en los últimos instantes de su vida. Desconocemos qué es lo que lo que los llevó a cometer los crímenes que los condujeron hasta esas cruces. No tenemos idea de sus motivos para las decisiones erróneas que tomaron en sus vidas. Pero nos queda claro, que el segundo hombre supo aprovechar sus últimos minutos y que su decisión final fue la más sabia de toda su vida. Reconoció que Jesús era el Mesías y sin importar lo que hubiera hecho antes, por su fe, Jesús le aseguró que estaría con Él en el paraíso.
Puedes tener familiares, amigos o conocidos que andan por mal camino. Todas las decisiones que toman son erróneas y por más que intentes hacer que entren en razón, pareciera que nunca van a cambiar. Y levantas las manos y, con el dolor de tu corazón, estás pensando en rendirte, en que ya no tienen remedio.